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Amante de la Virgen

P. Ernesto Postigo, SJ

Vicepostulador de la Causa de Canonización

Bernardo de Hoyos fue un amante de la Virgen, y de manera especial del misterio de la Inmaculada.

Es bautizado en la Iglesia de “Santa María”. A los diez años, en el colegio de jesuitas de Medina del Campo, aprenderá a amar a la Virgen, ya que “sus maestros, exhortaban a sus discípulos a la devoción a de María Santísima, Señora Nuestra”. En el altar de la iglesia contemplaba el niño Bernardo una hermosa talla de la Inmaculada.

En Villagarcía de Campos, siendo colegial externo, rezará con sus compañeros de posada las Letanías de la Virgen; era una práctica diaria. Sabemos que fue congregante y que todos los sábados se reunía con los demás en la Capilla de la Congregación para rezar a la Virgen. Era una Congregación de mucha solera, ya que ciento cincuenta años antes de que se inscribiera en ella Bernardo, había sido erigida por un Breve de Gregorio XIII.

Siempre se distinguió la Compañía de Jesús por fomentar la devoción a la Virgen. Los novicios rezaban diariamente el Santo Rosario, se les encomendaba el rezo de la Piísima, una especie de Oficio en honor a la Virgen; al dar la hora saludaban a la Virgen con el Avemaría, dondequiera que se hallasen, interrumpiendo incluso el juego o el trabajo. Aunque en aquellos años no era dogma de la fe la concepción inmaculada de María, fueron muchas las ciudades y villas que se comprometieron con voto a defender esta verdad; la Compañía de Jesús era una de las adalides en defender la concepción inmaculada de la Virgen. Bernardo de Hoyos, imitando a su admirado Juan Berchmans, un jesuita flamenco que firmó con su sangre defender esta verdad, se adhirió también a los muchos que propugnaban el llamado “voto concepcionista”.

Fue precisamente el 8 de diciembre de 1726 cuando, siendo novicio, se consagra a la Virgen como esclavo suyo y renovará esta consagración en las fiestas de la Virgen.

Será también otro 8 de diciembre de 1729 cuando Bernardo escriba no ya una carta de esclavitud mariana, sino de filiación mariana. Bajo el epígrafe “A mayor gloria de Dios y de su Santísima Madre”, escribe Bernardo:

“Sepan cuantos esta carta de donación leyeren, como yo, Bernardo F. de Hoyos, de la Compañía de Jesús, me entrego de mi voluntad y libremente a María Santísima, nuestra Señora, no solo por esclavo, sino también por hijo, movido del amor a esta divina Señora y del deseo de experimentar los efectos de su maternidad para conmigo…; desde hoy me dejo en sus divinas manos a mí, a mi alma, a mi corazón y a mis potencias, para que de aquí en adelante sea dirigido de su especial providencia, como hijo pequeño de su amorosa madre…”

 

Hablando de esta carta de donación, el P. Loyola nos cuenta la visión que tuvo Bernardo aquel día:

“Dejóse ver entre sus cortesanos la soberana Reina de los cielos más hermosa que los mismos cielos. Mostróle ser su dulce y regalada madre. Traía al cuello un collar de oro finísimo muy ajustado del que pendía una cadenita de la misma materia y, remate un corazón… Díosele a entender que en ser ajustado el collar celeste se significaba que esta gran Señora lo tenía por esclavo. La cadenita pendiente denotaba la libertad filial que gozan los esclavos dichosos de María. El corazón era símbolo de que esta amabilísima Señora le tenía robado el corazón… Andaba por este tiempo Bernardo deseoso de ponerse al cuello una cadenita de alambre que fuese señal de la esclavitud dichosa que había ofrecido a nuestra Señora… Así lo efectuó después de comulgar, ofreciéndose por humilde esclavo, cuando vió que le ponían un collar riquísimo, semejante al que había visto en María Santísima. Era de oro muy fino, en el que se simbolizaba la caridad que debía procurar en todas sus obras… La cadenita que estaba pendiente del collar tenía por remate un corazón grande, hermoso, resplandeciente todo como de fuego y de una capacidad, al parecer inmensa. Abrióse este bellísimo y divino corazón que era el corazón amabilísimo de María Santísima, y reparó Bernardo que estaba allí guardado su corazón. Cerróse luego el Corazón de María y desapareció la visión”.

En una Cuenta de Conciencia (1732) enviada a su director espiritual el P. Loyola, explica la devoción que él siente por la Virgen. Dice:

“Es nuestra madre; como tal se muestra y yo aspiro a ser hijo suyo y, como tal, recurro siempre a su protección. Ya también V. R sabe las mercedes particulares que he recibido de este acueducto de las gracias, que pueden llenar muchos pliegos. Tiene dominio despótico sobre mi corazón, sobre mi alma y espíritu”.

Una de estas “mercedes”, tal vez la mayor de su vida, le vino el día de la Asunción de la Virgen al cielo. Era el 15 de agosto de 1730 y Bernardo acababa de terminar su segundo curso de Filosofía en Medina del Campo. Tenía tan solo 19 años cuando recibió la gracia del “desposorio espiritual”, una de las experiencias místicas más hondas que se pueden experimentar en la tierra y que explica  Sta. Teresa en la Moradas.