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La Santa Misa

Jesucristo ofreció en la Cruz una expiación infinita. Esta expiación no quita que también nosotros debamos satisfacer, así como sus méritos no suprimen los nuestros ni nuestras buenas acciones.

Pero es cierto que nuestra satisfacción es nula si no está unida a la de Cristo. “Nuestra satisfacción es tal, en cuanto es valorizada por Cristo en el cual expiamos haciendo dignos frutos de penitencia, que valen por Él, Él los ofrece al Padre, y por medio de Él son aceptados por el Padre”(Pio XI, Miserentissimus).

Esta unión se da ya en un alma que participa de la vida de Cristo, en la vida de la gracia. Pero tal unión es más perfecta cuando se hace explícita uniendo nuestra reparación a la suya, nuestro sacrificio al suyo, que se renueva en modo incruento sobre el altar.

En la Iglesia, en efecto, no sólo la piedra fundamental es fruto del sacrificio; cada una de las piedras que la forman es símbolo de un nuevo sacrificio. “Acercándonos a Él, piedra viva rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa para Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción de una casa espiritual para un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por medio de Jesucristo” (1 Pe 2, 4-5). Los sacrificios más  generosos vienen a formar las joyas y piedras preciosas más cercanas al tabernáculo de Cristo.

Como para celebrar la Santa Misa es necesaria una gotita de agua unida al vino en el cáliz, así nuestro sacrificio, aunque pequeño, es necesario. El vino con la gota de agua, símbolo de mi cooperación sacrificial, es transformado por la transubstanciación en la Sangre de Cristo. Ofrezcámonos nosotros mismos, nuestra persona, para ser transformados en Cristo a través del Sacrificio suyo y nuestro.

Nosotros podemos ofrecer nuestro sacrificio y el de Cristo, y Cristo ofrece el suyo y el nuestro. De este modo el sacrificio nos une; nos fundimos uno y otro. La culminación de esta función unitiva del sacrificio se logra después, en la Comunión, cuando Él viene a nosotros para permanecer en nuestro corazón y transformarnos en Él.

“Ofreced vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios…” (Rom 12, 1), tenemos que convertirnos en sacrificio. Esto lo conseguimos cuando vivimos conforme a la voluntad de Dios sobre nuestras vidas,  haciendo lo que Él quiere de nosotros, siendo mártires.

Este mártir en su participación en la Misa presenta el sacrificio de Cristo, al cual une la pequeña gota de agua de su martirio. Cada Misa representa, además, la ofrenda incruenta del día, o sea, del propio martirio diario, del propio testimonio diario de la caridad de Cristo. Una vez sale de ella comienza la realidad sangrante de cuanto hemos ofrecido junto con el sacerdote de modo incruento.

En la Misa no ofrecemos nuestras cosas, sino a nosotros mismos como víctimas a Él, y esta víctima será sacrificada durante el día. El sacerdote nos da la bendición en forma de Cruz, y nosotros la aceptamos repitiendo sobre nosotros el mismo signo. Ahora comienza el sacrificio cruento. Vivámoslo unido ya, con la voluntad, al de Cristo.